Tu Hij@, Tu Cuerpo: Una Reflexión Sobre el Amor Incondicional

¿Cómo percibes a un niño?

¿Cómo lo tratas?

Un niño es uno de esos hermosos regalos que nos da la Vida para recordarnos todo aquello que es puro, ingenuo, libre, auténtico, desordenado y a la vez fluido.

Un niño depende totalmente de aquellos a su cargo. Si bien necesita el alimento y movimiento adecuado para que su cuerpo crezca fuerte y sano, también requiere que se le provea de alimento emocional esencial para su correcto desarrollo.

El chiquito necesita sentirse seguro, comprendido, contenido, visto, aceptado, valorado y cuidado de manera INCONDICIONAL.

Es grave el daño que se le puede hacer a un pequeño cuando se le compara constantemente con otros, cuando se le dice que, así como es, está mal. Cuando se siente atacado, ofendido o minimizado por el simple hecho de no cumplir con las estrictas exigencias de un mundo de adultos, cuya estabilidad suele pender de hilos externos que buscan moldearlos para controlar aquello que se “salga de la norma”.

Fui niña.

Experimenté lo que es el amor incondicional, ese que te hace sentir calor en el cuerpo, que te da la certeza de que todo está bien y que eres justo lo que necesitas ser. Pero también me tocó experimentar el rechazo por “no ser como se esperaba”…

…Y recuerdo muy bien cómo, entre menos valiosa me sentía a los ojos de aquellos que moldeaban parte de mi mundo, más pequeña y poca cosa me sentía. Como es natural a esa edad, la única explicación “obvia” era que la del problema y la insuficiente era yo.

Con los años fui entendiendo que la relación con un niño depende del adulto. Está en nosotros crear el ambiente para que un niño se desenvuelva, está en nosotros darles una sensación de seguridad y aceptación.

No soy una de esas admirables personas que nacieron con el “chip niñero”, pero sí soy madre. Una con muchos defectos, aún mucho por aprender y grandes ganas de hacerlo cada vez mejor. Mis hijas han demostrado ser mis grandes maestras.

Si algo he aprendido, al punto de tatuármelo en la piel, es que tienen su esencia propia, ambas PERFECTAS, ÚNICAS e IRREPETIBLES.

También me han enseñado que si bien mi trabajo como madre no incluye siquiera intentar controlarlas -lección que tuve que repetir muchas veces para por fin aprenderla- sí incluye crear el escenario y promover el ambiente para nuestro crecimiento y desarrollo (el de ellas como personas y el mío como mamá).

¿Cómo?

*Con suficientes límites, entre más claros y amorosos mejor, para darles la seguridad de un terreno dentro del cual puedan sentirse libres pero contenidas a la vez.

*Trabajando en mí misma para evitar mi muy molesta y común tendencia de sacar mis frustraciones en aquellos en los que más amo.

*Entre más conectada estoy conmigo misma, más natural, auténtico, claro, firme y amoroso es mi trato hacia ellas.

*Entendiendo que aprenderán más de mí con el ejemplo que con mis palabras.

*Comprendiendo que entre más grandes y maravillosas las vea, más expresan ese potencial que llevan dentro. Sí, soy su ejemplo, pero también soy su espejo.

¿Qué más me han enseñado?

Que así como ellas tienen todas esas necesidades, así como son dependientes mías -en lo físico, en lo mental, en lo emocional y en lo espiritual- así como son un reflejo de todo aquello que yo hago y su potencial es tan alto como el que yo logre ver en ellas…

Mi cuerpo funciona exactamente igual.

La buena o mala relación que tengo con mi cuerpo DEPENDE DE MÍ.
La buena o mala relación que tengo con mi cuerpo ES MI RESPONSABILIDAD.

Nuestro cuerpo depende de nosotros para ser alimentado, cuidado y crear el escenario adecuado para expresarse y brillar.

Está a la espera de nuestro reconocimiento, valoración y cuidado. Nosotros tenemos la elección de dirigirnos a él como un padre arbitrario y cruel o uno amoroso que lo provea de aquello que necesita mientras le muestra el camino para desarrollarse.

Así como los hijos nos son “prestados” para amarlos, cuidarlos y protegerlos, el cuerpo nos es dado como vehículo para experimentar esta Vida. La Vida pasa rápido, por lo tanto, es nuestro por un tiempo relativamente corto.

El bienestar de un niño se basa en el amor, los cuidados, la atención y el valor que reciba HOY. El de nuestro cuerpo también.

La relación que tenemos con nuestros hij@s depende más de nuestra capacidad como adultos para ver los grandes tesoros que traen a nuestro mundo (sea cual sea la forma que tomen). La relación que tenemos con nuestro cuerpo funciona igual.

¿Quieres tener una buena relación con un niño?

Ponte a su altura, velo a los ojos y escúchalo. Hazlo sentirse visto, valorado y amado para que pueda expresar sus inquietudes y necesidades.

¿Quieres tener una buena relación con tu cuerpo?

En lugar de castigarlo, limitarlo y juzgarlo… trátalo como te hubiera gustado que te trataran a ti de niño.

Regresa a la lista de arriba, verás que es una guía muy valiosa para aplicarla a la forma que tienes de relacionarte con tu cuerpo.

Amor Incondicional

¿Cómo crece un niño al que se le dice que “únicamente cuando logre ciertos requisitos merecerá ser cuidado y amado”? ¿Logrará acaso alcanzar su máximo potencial?

¿Tendrá una Vida feliz?

¿Qué sientes cuando ves que un niño es atacado o maltratado por “no ser suficiente?

¿Te parece correcto tener preferencias entre un pequeño u otro simplemente porque uno se acerca más a la “idea” de lo que está bien o lo que no?

¿Acaso merecen ser discriminados por diferencias físicas?

¿Cómo crees que se siente un niño al que no se le permite expresar sus ideas o necesidades por el hecho de salirse de la norma? ¿Cómo se siente cuando es orillado a reprimirlas para poder ser aceptado?

Se retuerce el estómago… ¿verdad?

¿POR QUÉ ENTONCES LO HACEMOS DIARIO CON NUESTRO CUERPO?

¿Qué puedes hacer HOY para mostrarle cuidado y amor incondicional?

Gina Tager

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